sábado, 23 de enero de 2010

Lectura: DESGRACIA O BENDICIÓN

En un pequeño pueblo vivía un anciano con su hijo de 17 años. Un día, el único caballo blanco con que trabajaba saltó la reja y se fue con varios caballos salvajes.
La gente del pueblo murmuraba: “¡qué desgracia la suya, Don Cipriano!”, y él, tranquilo, contestaba: “Quizás una desgracia o quizás una bendición”.
Días después, el cabalo blanco volvió junto a un hermoso caballo salvaje, y la gente saludaba al anciano diciéndole: ¡qué bendición!”, a lo que Don Cipriano replicaba: “Quizás una desgracia o quizás una bendición”.
A los pocos días, el hijo adolescente, mientras montaba el caballo salvaje para domarlo, fue derribado, se fracturó una pierna y empezó a cojear, y la gente le decía anciano; “¿qué desgracia la suya, buen hombre”, a lo que él replicaba: “Quizás una desgracia o quizás una bendición”.
Días después inició la guerra y todos los jóvenes del pueblo fueron llevados al frente de batalla, pero a su hijo no lo llevaron por su cojera, y toda la gente del pueblo saludaba al anciano y le comentaba: ¡qué bendición la suya, Don Cipriano!”. Y él, con su fe inquebrantable, contestó una vez más diciendo: “Sólo Dios lo sabe, quizás sea una bendición o quizás una desgracia”.
Efectivamente, sólo Dios sabe, y Él nunca se equivoca.


Arriesgarlo todo es haber descubierto el amor como la riqueza.

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